Así también encontramos la historia del niño indio Taranjit Singh, quien desde los dos años afirmaba que su nombre era Satnam Singh, que el de su padre era Jeet Singh, y que él había nacido y vivido en un pueblo ubicado a sesenta kilómetros de su actual vivienda.

Taranjit también contaba que había fallecido en un accidente de tránsito, cuando era estudiante de noveno curso, dando detalles tan específicos como la cantidad de dinero que llevaba en el bolsillo al momento de su muerte.

Su padre en esta vida, movido por tal precisión de recuerdos, se dio a la tarea de investigar los datos, llegando al pueblo que Taranjit mencionaba, donde encontró  a la familia del chico Satman Singh, quienes confirmaron los detalles de la historia del pequeño Taranjit sobre la muerte por arrollamiento de éste.

En las culturas orientales este tipo de historias son frecuentes, y son acogidas con normalidad.

Tal como lo revela un reportaje reciente hecho por la Agencia de noticias EFE sobre la historia, ocurrida al norte de Bangkok, de Nopporn Jairaew, quien también a los dos años de edad confesó a sus padres que en su vida anterior había sido asesinado de un disparo tras entrar a robar a una casa vecina.

Para verificar su historia,  los padres de Nopporn lo llevaron al médico, y tal cual lo comprobado numerosas veces en la investigación de Stevenson, el niño tenía una marca en la mandíbula y otra en la boca, ubicadas en los sitios donde afirmaba haber recibido las heridas del arma de fuego.

AL PARECER VOLVEMOS, Y NO LO OLVIDAMOS 

Según las culturas orientales, la posibilidad de recordar la vida pasada en la infancia se debe a que el tercer ojo de los niños está abierto, y los recuerdos sobre la vida anterior están frescos aún, permaneciendo con claridad en la memoria del niño hasta los siete u ocho años, momento en el que comienzan a desaparecer.

Muchos son los casos que parecen dejar en evidencia que después de esta vida, no sólo volvemos a vivir otra, en otro cuerpo, sino que además somos capaces de recordarlo.